martes, 24 de agosto de 2010

Tratado uno


Cuando estamos en la placenta de nuestra madre vemos nuestra vida futura pasar en fragmentos desordenados. La vida es darle un orden al caos de esos fragmentos. La muerte es el inevitable retorno descendiente lineal de lo que fuimos.

jueves, 19 de agosto de 2010

La temporalidad del tiempo


Matías tiene cuatrocientos veintiséis días respirando en un espacio vital que yo también comparto. Todos los días le tomo una foto que subo a una página web. En el ciberespacio almaceno el cambio que mis ojos no ven, ni recordara Matías cuando le pregunten sobre su infancia. La mayoría de seres humanos no recuerdan su niñez hasta que poseen tres años y medio, esto según el desarrollo neuronal de su cerebro. La conciencia se desarrolla cuando el individuo reconoce su entorno y acepta ser parte de él. Antes de ello solo somos seres inertes, piedras, un campo fértil, un mar que se proyecta al infinito. Cuando Matías trate de buscar en la web el desarrollo de su vida seguramente la página abra fenecido por la renovación tecnológica de su tiempo. De nada servirá tratar de concretizar el tiempo en un espacio que se desintegra con su propio tiempo.

Baúl




Aquí arrojo yo,
un corazón que se detuvo entre los hombres,
también mi ropa
mis zapatos
y todo aquello que diga quién soy.
Ahora estoy sin cabeza y sin calzado
esperando en la mesa
que señales con tu dedo
dónde debo dormir
dónde debo beber para seguir diciendo incoherencias
mientras empieza la lluvia
y se derrite mis huesos
y se funde mi corazón con los latidos de esa noche
llena de abismos
donde caí agarrando tus vestidos
tratando de decir nada, nada, nada.
Tengo la impresión
que solo me queda dormir,
dar de comer a la silla
y vaciar mis bolsillo frente al espejo
y preguntarme si este es mi realidad
la que reprocha
que no tenga nariz ni boca,
ni día ni noche,
solo una habitación tan oscura
donde se extingue las puertas y las ventanas,
y esa soledad que aúlla
y no deja nada de mí
solo ese zumbido que parpadea en la noche
y me dice que no sirvo para nada
y que debo acabar de una vez con todo
antes que cubran mi cuerpo vivo con cal y
me quede sin historia.


Titánic


Es 14 de abril de 2010 y mi hijo juega con su barco en un riachuelo muy cerca al mar. Son las 10 de la mañana. Cree que chocar con una pequeña roca el barco de plástico se hundirá con todos aquellos tripulantes imaginarios que lleva abordo. Hoy en la mañana me dijo que quería ser marinero cuando tenga mi edad. Yo le he comprado un sombrero de marinero y este barco que hoy juega. Hay mucho sol a diferencia de los días anteriores. Yo miro el mar, los niños que juegan con mi hijo, y trato que la arena no invada mis pies. Pienso entonces en aquel barco que se hundió hace noventa y ocho años. Todo acabo en dos horas y cuarenta minutos para 1517 personas de las 2200 que tenía abordo. Mi hijo, en cambio, tiene tres horas en el riachuelo, y siento que no se ha cansado de jugar con sus amigos a quién hunde más rápido el barco. El barco de plástico de mi hijo siempre sale a flote. El Titánic nunca salió a flote pero hoy saldrá gracias a una reconstrucción en 3D. Será un detallado rescate del barco en el mismo suelo marítimo del Atlántico Norte donde se hundió. Del barco solo queda restos repartidos por varios kilómetros del radio donde se hundió. Sacó la cámara fotográfica de mi bolsillo y trato de tomarle una foto, y pienso que algún día podré reconstruir aquella infancia que él no recordará. En los próximos años se inventará un modo de volver al pasado o reconstruirlos –pienso para mis adentros-. Cuando llegue el momento guardaré aquellos momentos que mi memoria ya no pude almacenar. Observo a mi hijo mojado y con el sombrero de marinero que le compré en la mañana antes de ir a la playa, y sé que no se imagina que el hundir un barco produce un dolor que no se olvida con el tiempo.

Pasos

Piensa conmigo: el cielo gris de la ciudad,
las horas sembradas en el olvido,
el neón embrollando a la necedad de la lluvia,
tu cuerpo expuesto como una holograma abstracto al viento y
mi corazón herido con plomo
confundiendose con el amanecer
de aquella vereda
donde cobijó la soledad
tu rostro helado escondido en la noche y
la sinrazon de estar parados en el infinito
frente a tu cabello largo ensortijando mi boca.
Así decidimos embriagarnos,
ser parte de la noche,
habitar en una habitación fecundada por la lluvia
y solo mirar ese espejo roto que gravitaba en nuestra oscuridad.
Después llegó el niño aquel que vivía en tus ojos.
Así empeñamos nuestras pupilas,
nuestros cabellos,
la puerta,
la ventana,
el aire,
el mar,
mi ebridad,
tus lágrimas,
tu decisión,
yo, mi vida;
tú, la sonrisa, y yo, la mía.
Entonces nos dimos cuenta esa noche
que estabamos muertos y podíamos respirar.

jueves, 12 de agosto de 2010

Fórmula 1


Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia conmovedora. Bajo un frondoso cielo ceniza se confundía la sucia niebla ondulante, la tristeza, el bolero que tocaba la banda de música, y el olor sereno del ramo de rosas que llevaba mi madre.
El comité número cinco, donde trabajo mi padre, le rindió un conmovedor homenaje a los últimos choferes que tenía un alto nivel de miopía. Oblitas le decían, y no porque jugaba como el mítico jugador peruano; sino por la constate negligencia de pasarse la luz roja de los semáforos, de recibir papeletas por estacionarse en lugares donde no se debía, y porque cotidianamente recibía insultos de los transeúntes que encontraban su parachoque delante de sus narices. Mi padre siempre tenía una sonrisa careada para tales circunstancias.
Mi abuelo me repetía que mi padre acabó con toda la flota de autos que él contaba, En realidad fueron tres los que deshizo, y tres fueron los accidentes que por iluminaciones de nuestra señora –así decía mi abuela- se había salvado de milagro. Eran esos autos que parecían naves espaciales, que para voltear necesitaba todo el ancho de la calle. Todos eran Ford de los años setenta y tres, setenta y cinco, y setenta y siete. Uno era color rojo como un meteoro, el azul como el cielo de mi niñez y el último amarillo con rayas negras como el sol que me cegaba al atardecer. Mi abuelo todavía posee una foto de los tres autos estacionados a las afuera de su taller; junto a ellos está mi padre, mi tío Chano, mi tío Mañuco, y los mecánicos que trabajaban en esos tiempos
La afición que tenía mi padre por los autos, lo pernoté cuando solo tenía cinco años. Mi habitación era una galería de exhibición de automóviles en miniatura que salían al mercado. Todas las noches, al acostarme, mi padre se acercaba a mi cama para contarme, animosamente, los adelantos tecnológicos que habían ocurrido con los autos a comparación de los años anteriores. Los fines de semana, me levantaba temprano para mirar juntos la Fórmula Uno en el canal cinco, era lo único que compartíamos juntos. Con mis cinco años no comprendía nada. Yo solo veía como autos muy pequeños de diferentes colores daban vueltas y vueltas sobre una pista larga. El aburrimiento siempre provocaba que me quedase dormido en el sofá de la sala. Sólo despertaba para oír los comentarios finales de la carrera y así poder conversar con mi padre en la hora de almuerzo.
Mi padre nunca pudo inculcarme el amor por los autos así como él nunca pudo concretizar su sueño de correr la fórmula Uno. Sólo le quedó la dicha de manejar una combi vieja y destartalada que le alquilaba la vecina. Se levantaba muy temprano para enrumbar por las pistas resquebrajadas de la ciudad. Él nunca se quejó por las diez horas sentado en esa combi vieja. Ni porque no tenía dinero para la gasolina, ni por el carburador que se le malograba cotidianamente, ni por la reventada de llanta al mediodía, ni por el dineral que le había dado al policía de tránsito porque había descubierto que el brevete había caducado hace cinco años.
Yo me había hecho la idea que mi padre era invencible, que su hobby era destartalar combis, chocar tres autos en una sola vía, de reírse de sus accidentes en el hospital, de pedirme dinero porque no tenía para el combustible.
Coloqué esa tarde los dos carros en miniatura, que me los regalo cuando cumplí diez años, en su ataúd. Llevé mis manos al bolsillo y decidí que hoy compraría un Ford amarillo con rayas negras del año setenta y siete.

Cuando una bala perdida no encuentra el sol en el cielo del centro de Lima


Una bala revienta el cráneo de un hombre.
En este instante.
Ahora.
Una bala revienta el cráneo de un hombre.
Estan sus cesos por todos lados
su sangre se confunde con el asfalto
y con el exilio olor de la tarde.
Todo es una extraña conjunción
de silencios y tejidos ensangrentados en la pared
que ahogan su imagen en la sombra.
La bala
ha quebrado al hombre
como un árbol que aspira la muerte en el ocaso.
Nadie lo ha mirado.
Ha nadie le interesa su sangre
que dibuja su nombre en la acera.
Lo que importa ahora es tapar con papel periódico
su cuerpo,
tomarle un foto para que salga en primera plana
y tratar que los perros no orine en su rostro.